El periódico de mañana: El Desenlace
Alfonso, llegó a casa muy cargado, depositó las bolsas en el suelo del salón y comenzó a trabajar a un ritmo frenético. Tapió las puertas y cerró las ventanas. Las reforzó con anchos listones de madera, cortó el teléfono, apagó los electrodomésticos, colocó el sofá frente a la puerta de entrada. Cargó su pistola y se sentó. Así inmóvil frente a su puerta, asustado, amenazante y amenazado, Alfonso esperó a su enemigo invisible durante toda la noche.
Se despertó sobresaltado, había tenido una pesadilla en la que Félix le disparaba a bocajarro en la nuca. Alfonso se tranquilizó, se estiró y observó a su alrededor; todo seguía igual. Todo estaba oscuro, todo apagado.
Era un desolador y tétrico paisaje. Alfonso caminó un rato por su salón, masticó unas cuantas patatas Matutano en la cocina y volvió al sofá, a seguir esperando la llegada de aquel. Ahora el cazador se había convertido en presa pensó Alfonso. Sin embargo las noche se sucedían con eterna y agonizante monotonía, nadie aparecía, nada pasaba. De la bolsa de patatas no quedaban más que migajas. Alfonso incomunicado, sucio y barbudo seguía impertérrito cual gárgola vigilante frente a la puerta que no se abría nunca.
Inmersos en aquel silencio atroz, sólo se oía el sonido que producían los periódicos al caer dentro del buzón que cada día depositaba el cartero. Alfonso sintiéndose más próximo de la locura que dentro de sus cabales abrió la puerta tras una serie de días inconclusos. Apuntando con su arma a todos los ángulos del portal de su lujoso apartamento, cogió los periódicos y corrió a refugiarse a su santuario. Alfonso se sentó de nuevo en el sofá y comenzó a ojear con fluidez los diarios en busca de noticias relativas a su persona.
Observó como a medida que pasaban los días desde que fue declarado desaparecido, el espacio dedicado al suceso en los periódicos iba disminuyendo progresivamente hasta prácticamente desaparecer. Ahora los diarios se adornaban de motivos navideños. Confuso y fuera de sí, Alfonso agarró aquella maraña de papeles impresos en que se habían convertido aquellos periódicos y los lanzó al aire. Después llorando, caído de hinojos al suelo miraba como las hojas descendían plácidamente como plumas posándose a su alrededor. Entonces vio una noticia que no había visto, y el corazón le dio un vuelco.
"El cuerpo sin vida del empresario de la comunicación Alfonso Ruiz Montoya fue encontrado ayer….." Alfonso se echó a llorar desconsolado, tembloroso, derrotado, frágil....Las lágrimas y torrentes de sudor frío caían por su marchito rostro y se estrellaban con violencia sobre el suelo. No podía resisitir este tormento. No podía más. Estaba solo. No tenía a quién recurrir. Nadie lo echaría de menos. Entonces Alfonso se introdujo el cañón de la pistola comprada a Costo en la boca. Y se voló la tapa de los sesos.
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Esta es la última historia maléfico-terrorífica con la que la Intifada os ha deleitado durante este giro copernicano que ha supuesto esta revista de verano. Como siempre el Jabalí espera vuestras sabios juicios y eleucubraciones. Ante los tiempos difíciles que se avecinan y frente a los nidos de serpientes que comienzan a ver la luz, los muyahidines vuelven a partir de hoy a sus orígenes. Ni un títere con cabeza.
Se despertó sobresaltado, había tenido una pesadilla en la que Félix le disparaba a bocajarro en la nuca. Alfonso se tranquilizó, se estiró y observó a su alrededor; todo seguía igual. Todo estaba oscuro, todo apagado.
Era un desolador y tétrico paisaje. Alfonso caminó un rato por su salón, masticó unas cuantas patatas Matutano en la cocina y volvió al sofá, a seguir esperando la llegada de aquel. Ahora el cazador se había convertido en presa pensó Alfonso. Sin embargo las noche se sucedían con eterna y agonizante monotonía, nadie aparecía, nada pasaba. De la bolsa de patatas no quedaban más que migajas. Alfonso incomunicado, sucio y barbudo seguía impertérrito cual gárgola vigilante frente a la puerta que no se abría nunca.
Inmersos en aquel silencio atroz, sólo se oía el sonido que producían los periódicos al caer dentro del buzón que cada día depositaba el cartero. Alfonso sintiéndose más próximo de la locura que dentro de sus cabales abrió la puerta tras una serie de días inconclusos. Apuntando con su arma a todos los ángulos del portal de su lujoso apartamento, cogió los periódicos y corrió a refugiarse a su santuario. Alfonso se sentó de nuevo en el sofá y comenzó a ojear con fluidez los diarios en busca de noticias relativas a su persona.
Observó como a medida que pasaban los días desde que fue declarado desaparecido, el espacio dedicado al suceso en los periódicos iba disminuyendo progresivamente hasta prácticamente desaparecer. Ahora los diarios se adornaban de motivos navideños. Confuso y fuera de sí, Alfonso agarró aquella maraña de papeles impresos en que se habían convertido aquellos periódicos y los lanzó al aire. Después llorando, caído de hinojos al suelo miraba como las hojas descendían plácidamente como plumas posándose a su alrededor. Entonces vio una noticia que no había visto, y el corazón le dio un vuelco.
"El cuerpo sin vida del empresario de la comunicación Alfonso Ruiz Montoya fue encontrado ayer….." Alfonso se echó a llorar desconsolado, tembloroso, derrotado, frágil....Las lágrimas y torrentes de sudor frío caían por su marchito rostro y se estrellaban con violencia sobre el suelo. No podía resisitir este tormento. No podía más. Estaba solo. No tenía a quién recurrir. Nadie lo echaría de menos. Entonces Alfonso se introdujo el cañón de la pistola comprada a Costo en la boca. Y se voló la tapa de los sesos.
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Esta es la última historia maléfico-terrorífica con la que la Intifada os ha deleitado durante este giro copernicano que ha supuesto esta revista de verano. Como siempre el Jabalí espera vuestras sabios juicios y eleucubraciones. Ante los tiempos difíciles que se avecinan y frente a los nidos de serpientes que comienzan a ver la luz, los muyahidines vuelven a partir de hoy a sus orígenes. Ni un títere con cabeza.

